El amor verdadero no lastima, no duele, no cansa, no hace sufrir. Se siente ligero, acogedor, como un colchoncito en el que te puedes recargar sin ningún peligro.

Cuando llegamos a las relaciones de pareja, ya traemos buen adiestramiento en el tema, así que nos esforzamos lo que sea necesario por agradar, por encajar, por atraer la atención de la otra persona, porque nos mire, por mantenerla cerca, porque no nos cambie por alguien más, por tenerla contenta, por hacerla feliz.
El amor que nos otorgamos solo porque existimos es el amor propio, incondicional, ese que nos damos porque nos vemos como seres que sienten y tienen historias todos los días.
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